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16 abril 2013 2 16 /04 /abril /2013 07:32

En principio, era algo sencillo. Unos días de asueto, de ocio programado y con una planificación que, a simple vista, iba a ser de todo menos dura.

Aceptó, con todo lo que ello conllevaba. Había decidido cambiar poco a poco en su vida para rescatar la persona que se olvidó ser durante unos años de profunda soledad, de oscura existencia, de salidas y puertas cerradas, de interiorismo dañino y sin ningún sentido.

Se dio alas y se permitió volar a aquel lugar custodiado por la paz y la blancura de la nieve de primavera que no tardaría mucho en desaparecer.

Como soporte, un bastón y todo su empeño. Como compañía un grupo muy dispar y la carga de las confesiones que, hasta entonces, nunca había hecho. Como atuendo el vestuario adecuado para las condiciones climáticas y la vergüenza de aquel secreto guardado desde hacía demasiado tiempo.

Cada paso desde la base era uno menos para la cima. El peso de sus pensamientos era de tal calibre que aún con el viento aterrador que le pegaba en distintas partes del cuerpo, no se evaporaban. Al contrario. Cada paso se sostenía mejor, su volumen era tan brutal que ya podía enfadarse Eolo, pero no lograría tumbarle.

Su propio abrigo se comportaba como la vela de un barco. En ocasiones, le ayudaba, pero cuando se obcecaba en darle fuerte, clavaba su bastón y encaraba la curva precedente a la cima con determinación.

Mirar al suelo le suponía avanzar mentalmente mucho más despacio. Pero mirar de frente le daba miedo, le aterrorizaba un futuro incierto y lleno de incógnitas que solo ella podría despejar y que, hasta entonces, nunca había querido hacer.

Las emociones se apoderaban de su cuerpo insignificante en aquel escenario majestuoso. Le daba tiempo a darle vueltas y vueltas sin hallar la salida que aliviaría su pesar.

Sola y bajo los rayos de un sol que guiaba su camino, miró hacia atrás y sonrío a las huellas que iba dejando en aquel manto blanco y virgen. Huellas limpias, perfectas.

Suspiró para enganchar el oxígeno suficiente para encarar la proeza de aquel día. Clavó bastón y dinamizó su marcha al ritmo de sus compañeros que, entre huella y huella, le fueron deleitando con el eco de sus sonrisas.

Finalmente, corona. Y lo hace con la satisfacción de ese pequeño trabajo bien hecho, con la complicidad de las miradas de sus acompañantes y con el orgullo de superar ese ínfimo reto en su vida. Uno más. Quizás no el más importante, quizás no el más interesante, pero una meta al fin y al cabo.

Inmortalizó ese momento para posteriores visiones y, desde entonces, decidió hacer caso al consejo que, un buen día, alguien le dió. "Los secretos no sirven para nada".

El descenso afianzó esa idea y la vuelta le empujó de forma determinante a desquitarse de ese nudo que llevaba incorporado a la altura del alma para aliviar la angustia de haber sido su carcelera durante una infinidad de días.

Mirada al frente, el lacrimal a punto de desbordarse, la caja torácica permitiendo su llenado al máximo y la tranquilidad de dejar espacio para lo que venga que, según aseguraban sus oyentes, era lo mejor.


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Published by Kora
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