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6 septiembre 2013 5 06 /09 /septiembre /2013 07:41

Aprendió el oficio casi por ósmosis. Eran tantas las jornadas en las que se había sentado con su madre, en el portalón de la casa del pueblo, que solo mirando, logró entender los entresijos de tejer. Porque eso era ella, tejedora.

Actualmente, no sabía muy bien si esa profesión era reconocida como tal, en este mundo de títulos, Master, diplomas, aplausos y pillaje. Pero se sentía orgullosa de lo que hacía. De hecho, ultimamente, estaba muy de moda en el mundo de la decoración, las técnicas para tejer y tejer. Como si todo el dinero que poseían esas señoras que acudían a escucharla no pudiera comprar el placer de hacer una labor de ese estilo, con tus propias manos.

Porque, aparte de tejedora, Marta enseñaba. Enseñaba lo que sus predecesoras le habían inculcado con tanto cariño. Sin un método definido, pero efectivo como el que más.

Y así pasaba su vida, entre las clases de patchwork y los encargos personalizados.

Aquella tarde, remató una colcha para una cuna con motivos infantiles. La dobló despacio, la envolvió primorosa y la guardó en la caja donde estaban el resto de las tareas encomendadas.

Y por un instante, se le heló la sangre. Eran las cuatro de la tarde y no tenía nada más por terminar. Miró a un lado y a otro del pequeño taller que tenía en una habitación de su humilde casa y no encontró algo que, por omisión, hubiese dejado para otro momento.

Se restregó las manos con alteración y suspiró tratando de inventar cómo pasar el resto de una tarde que, en condiciones normales, sería muy jugosa.

Pero no. Lo había terminado todo, no había calculado que habiéndose quedado dormida de madrugada trabajando había avanzado lo suficiente como para no tener nada qué hacer en adelante.

Un soplo de angustia le sacudió el pecho. Y volvió a temblar. Tiritaba de miedo, de ansiedad. Intentó calmarse con un vaso de agua aunque ya empezaba a sentir los efectos del pánico. Le empezaron a sudar las manos, la respiración se aceleraba por momentos y comenzaron a humedecerse los ojos como por arte de magia y con una velocidad que no permitía retener el llanto.

Le habían enseñado muchas cosas en esta vida. Cosas provechosas con las que ganarse el pan. Una educación, un saber estar, una cordialidad, una disciplina.

Pero nadie, absolutamente nadie, le había enseñado a estar sola sin hacer nada. Y le pesaba. Podría decirse que habían sido contadas ocasiones en las que la reacción a ese pánico se había disparado.

Un amigo de su vecina, psicólogo, le había dicho que temía a la soledad y al ocio. A ella le pareció ridículo. Pagó sus sesiones y se fue tal y como había ido. Pero algo debía haber de cierto y ella lo sabía perfectamente, aunque no lo afrontara como tal.

Mientras recordaba las palabras de aquel psicólogo, se sentó en su sofá y cogió una cesta del suelo. Comenzó, con todo su arte, a remendar retales, combinando colores, formas, texturas, lanas e hilos. La relajación se fue apoderando de ella, poco a poco. Esa cesta era su antídoto inconsciente frente a la desidia y aunque el diagnóstico de aquel psicólogo le pareció desmesurado e incierto, la verdad es que había encontrado en aquella cesta un refugio a sus miedos. 

Creía que no eran muchas las veces en las que había echado mano de la cesta. Pero esa tarde, en un momento de valentía consigo misma, sacó todo el mogollón del cesto, lo extendió en el salón y se dió cuenta que le harían falta unos cuantos de metros cuadrados más para que cupiese la colcha que llevaba años elaborando. 

De rodillas frente a la inmensidad de los retales entretejidos se preguntó si le quedarían muchos metros más de labor y decidió, de inmediato, un reto. La respuesta a esa pregunta, con su voluntad y fuerza, debía ser: NO.

Feliz fin de semana.

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Published by Kora
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Comentarios

Kora 09/16/2013 10:28

Hola preciosa...tú tranquila, que yo siempre te siento muy cerquita.
Besitos.

MJ 09/13/2013 22:56

Hola, Korita.

Ya sé que voy muy retrasada, pero me dicho: Hoy toca mis otros yos y mis otras tús.
Es curioso que hoy día, que tanta gente retorna a los antiguos oficios porque de pronto se ven parados, descolocados..., a tu protagonista le haya pasado lo mismo que al resto, que que desconocen
como utilizar el tiempo. Apoyo su decisión final.

Besos, floreta.

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