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28 marzo 2014 5 28 /03 /marzo /2014 07:51

Ayer, mientras veía el día caer, sin agua (en días) y con esos colores que me dejan sentir (a pesar de los frentes y demás inconvenientes meteorológicos) que la primavera anda cerca, pensaba "¡qué difícil es ponerse a veces en la situación del de enfrente!".

Y es que es así. Nos obcecamos en llevar la razón hasta límites insospechados no calibrando las reacciones de los demás implicados en un conflicto. Gastamos toda nuestra energía en mantenernos firmes en nuestra posición, alcanzada a base de cabezonería y zozobra de la batalla.

No nos damos cuenta que, como bien dice el sabio refranero, dos no discuten si uno no quiere y radicalizamos nuestra postura hasta el punto de hacer desaparecer absolutamente todo lo que nos unía a esa persona. Mandamos pasar una apisonadora destructiva para que no quede ni rastro del que, en un momento dado, con o sin razón, nos ha llevado la contraria.

Pero, sin embargo, a medida que se pasan los días, a medida que se ponen los soles y se izan las lunas, hacer el esfuerzo personal de preguntarse qué es lo que ha llevado a ese "contrincante" a enfadarse, enojarse o indignarse, abre muchas puertas internas que se habían cerrado por obstinación.

Seguro que hay un argumento más o menos convincente pero, desde luego, igualmente válido para que una persona obre de una determinada manera en un momento concreto.

Y, Dios, lo que nos cuesta preguntarnos por ese proceder ajeno, lo que nos supone empatizar con un estado de ánimo que en un momento dado sale a la luz por obra y gracia de un detonante explosivo y que poquito tiempo gastamos en cuestionarnos si, en ese instante de maraña, el que tenemos al lado tiene motivos para encararse por defender lo que cree lícito.

Si no surge esa inquietud, esa pequeña preocupación, ese "dejar de ser uno para ser un poquito el otro"; la desilusión crece y crece hasta que te anula, te hace bajar los brazos y te hace pensar que, aún creyendo que eras algo importante para ese oponente, la sensación de ahogo es inmensa y la de soledad aplaca cualquier intento de disculpa, perdón o reinicio.

Siempre lo he dicho y lo mantengo a fuego: ni los buenos son tan buenos ni los malos somos tan malos.

Feliz fin de semana.

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Published by Kora
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